Conectores: El libro

Cuando Lidia me pidió que participara para escribir la historia del inicio de Eva me emocioné porque sé que estas ideas no se morirían ahogadas, solas en el cerebro. Esa es la esencia que tanto me atrajo y aún me atrae de Eva, la de hablar desnudándonos de prejuicios entre mujeres, de la sensación de transparencia que aún no sé cómo nombrar.

 

Tengo que regresar unos años atrás, allá entre el 2012 y el 2013 cuando trabajaba en una librería. En ella me sentía como en la médula de la literatura y ensayo. Cada día respiraba entre títulos que rellenaban mesas y estanterías. Terminé por transformar partes de quincenas en una librera adicional de 5 niveles. Ahora que la observo, no sólo adquirí libros. Adquirí amistades espectaculares, hasta terminé con un cómplice de lectura con el que exploramos por más de dos años otras librerías (nuestra primera cita fue un tour de librerías por la zona 1).

 

Mi atención estaba completamente dirigida a leer ensayo – por mi carrera-, unos cuantos libros de poesía y cuento. También a explorar nuevos títulos. No cabía duda de que las palabras me estallaban en la mente, pues mi atención estaba totalmente volcada en acumular hojas de papel llenas de tinta. Entre esas hojas estaban las de Michael Cunningham, autor de Las horas. Novela basada en un tríptico de una lectora, una escritora y una protagonista de libro. Que luego se adaptó a película (sí, también descubrí que la mayoría de películas fueron primero un libro).

 

Leer el libro fue una catástrofe memorable porque lamenté no haberlo leído antes para llegar a una de las protagonistas -nos sucede todo el tiempo con la mayor parte de buenos libros-, la escritora de la que habla en el libro, Virginia Woolf. De ese modo tuve que enterarme de la existencia de su vida. Cunningham invadió a la autora de tragedia pero jamás me mostró la suavidad y la satisfacción que produce leerla. Con curiosidad comencé por desmantelar el pensamiento de su relatos cortos, luego sus ensayos de literatura y cuando me topé con la sugerencia de leer Una habitación propia no estaba disponible. Estaba entonces, en mi segunda tragedia porque ya llevaba “aviada” leyéndola.

 

Meses después, ya inmersa en otras lecturas, recibí Una habitación propia como regalo, con cierto aire romántico y entre lágrimas de emoción abrí el libro para entrar a un estado de existencia que hasta la fecha me provoca desazón por la vida. El libro me dejó con la urgencia de re-descubrirme como ser humano, como mujer.
Virginia me entusiasmó, me marchitó los ojos, pero también hizo maravillarme por otras esquinas del entorno cotidiano que suponemos como estable. Como el de la docilidad con que las mujeres a veces nos enseñan que debemos manejar creyendo que es nuestra naturaleza. Entre las combinaciones violentas de las estructuras que yacen en las normas, aún vigentes. Así como los espacios que nos pertenecen y a los cuales nos han hecho sentirnos ajenas. También en la combinación e ingenio de sus palabras tan diversas llenas de sensibilidad con que se expresó en público. Los ejemplos de otras escrituras o de escritoras en potencia como la hermana de Shakespeare. Llena de vida sentía la urgencia de esparcir mis sensaciones que se sentían como un ardor en el pecho. Lamentablemente, aún no encontraba con quién sacar en público todos estos sentimientos. ¿Cuántas veces nos hemos sentido así de solas cuando leemos un libro que nos deja con la mente desquiciada, pero que nadie cerca de ti ha leído?

 

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