Conectores: Las primeras lectoras

Sucedió  durante una reunión de Lectores Chapines. Un club de lectura al que asisto desde hace cinco años. En el que toda conversación se ha mantenido tranquila y a veces aventurera con toda la riqueza de personalidades que asisten.

 

La reunión de esa vez terminó más aventurera que tranquila. Después de hablar con el autor invitado, como parte del protocolo nos tocaba elegir un libro para el siguiente mes. Muchas veces puedo inmiscuirme en los pensamientos del resto y otras me desprendo incluso de los propios, y predomina lo primero, así que no recuerdo bien cómo terminamos hablando sólo entre las mujeres que asistimos. Dentro de las sugerencias estaba el ensayo de Virginia Woolf, Una habitación propia. En esos minutos de sugerencia la vida se había dividido entre lo más básico, entre hombres y mujeres. La tolerancia se había retirado de la mesa y el machismo sutil estaba brotando con la muestra de rechazo por leerla. Aún así quedó como libro del mes.

 

La conversación prosiguió, pero me quedó junto a Cristina y Lidia una intuición de desolación por el poco entusiasmo con el que se eligió el libro del mes protagonizado por una mujer. Las líneas rectas del club comenzaron, después de tanto tiempo, a expulsar hojas para perdernos entre otros senderos. Quizás estoy siendo muy dramática, porque no nos separamos del club, pero en ese momento surgió otro. Los títulos de mujeres escritoras nos perseguían aclamando que las leyéramos, pero sabíamos que el espacio no era el de Lectores Chapines.
Teníamos que buscar no sólo discutir sobre una habitación propia, sino sobre un club propio de mujeres lectoras que leyeran mujeres escritoras. Desde temas sociales, cotidianos, hasta fantásticos. Una selección peligrosa, porque pudo haber sido el tema de escritores japoneses o de escritores de terror. No sabíamos que empezaríamos a distinguir, entre las letras de las mujeres, una fuerza del espíritu humano con el que nos sentiríamos más identificadas que nunca.

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